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Mostrando entradas de octubre, 2009
G. vestía de blanco. La vi desde el momento en que bajó las gradas de la hostería hasta que, rectamente, se encaminó hacia donde yo estaba. -¡Qué agradable la brisa!-exclamó, sin saludarme. La miré. La miré por primera vez como miraba a Madame Henriot: como si la mirada no encontrara algo vivo, como si ella no fuera a sentirla ni yo tuviera por qué dejar de mirarla. Como si ya nos amásemos, y ni hicieran falta palabras que nos mantuvieran a prudente distancia. Nos fuimos por la orilla del mar. Ella alzaba un poco la voz para hablarme por sobre el ruido de las olas. Su pelo me rozaba las mejillas cuando nuestras cabezas se acercaban con el vaivén de la marcha. Quisiera haber atesorado cada una de las frases que cambiamos. Pero las frases, en sí, no son nada. Son frases. Son letras, aquí, en mi libreta. ¿Y cómo traer el viento y el golpe del agua y la humedad salina del aire, y ella, y yo; el hecho tan simple y tan complejo de estar juntos, y la despreocupación, y el amor que iba naciend...